El final de los tiempos

Que la historia del ser humano es la de una profecía autocumplida es un hecho que debería resultar evidente. La imagen del futuro que construimos en nuestra mente colectiva ejerce sobre nosotros una suerte de fuerza newtoniana que, cual agujero negro, nos arrastra y dirige inexorablemente hacia él.

Se trata de un fenómeno que ha sido ampliamente estudiado por la psicología y recibe el nombre de efecto Pigmalión, en honor del escultor chipriota homónimo. Según cuenta el mito, el artista se enamoró de una de sus esculturas, la bella Galatea. Tan perfecta y libre de falla era la estatua, que el artista cayó enamorado. Al llegar la noche, en sueños, la imaginaba cobrar vida. Tan real y vívido era su amor que, al igual que en sus fantasías, el marfil se volvió carne y finalmente Galatea despertó a la vida.

Un ejemplo más reciente, aunque menos poético, resulta el anuncio realizado esta semana por parte de estoy-hasta-en-la-sopa-Elon-Musk sobre el implante de uno de sus chips Telepathy en el cerebro de un humano. A través de su red social X, ha hecho públicos los avances en su nueva cruzada cuyo objetivo no es otro que colocarnos un chip en la cabeza que nos permita controlar dispositivos electrónicos con el pensamiento o, por el camino inverso, descargar conocimientos a nuestro cerebro. No obstante, sus primeras aplicaciones reconocidas, serían facilitar a las personas que hayan perdido alguna de sus extremidades controlar sus prótesis en base a su actividad cerebral.

Y como os digo, el planteamiento no resulta nada novedoso. Otra profecía autocumplida más. La hibridación hombre máquina y los implantes cerebrales son una faceta que la ciencia ficción lleva explorando desde hace décadas. Sin ir más lejos, y demostrando de nuevo que tengo cierto fetiche no sexual con Keanu Reeves, la película Johnie Mnemonic, nos relata la historia de una persona con un implante cerebral capaz de albergar hasta 80 Gb. Sí, yo pienso lo mismo que tú. Lo del disco duro en el cerebro tiene un pase, pero ¿solo 80 Gb? En fin…Al tipo lo contratan como correo para transportar en su cabeza cierta información que no es otra que la cura para el síndrome del temblor negro, una misteriosa enfermedad neuronal que las nuevas tecnologías han causado en el ser humano.

La película no es nada del otro jueves pero plantea correctamente ciertos dilemas éticos respecto del progreso tecnológico. Tengan ustedes en cuenta que este filme se rodó a primeros de los 90 y la eclosión de internet y los mundos online suscitaban mucho debate e incluso miedo. Y no es para menos. El tema da un poco de yuyu. Porque lo mismo te ponen un chip para controlar el móvil con el cerebro y a lo mejor es el teléfono el que termina controlándote a ti. O puede que, en una de ésas, nos hackeen la sesera y nos volvamos gilipollas. Aunque bien es cierto que, en muchos casos, los extremos referidos ya están ocurriendo sin que medie cirugía alguna.

Los disyuntivas éticas que se abren cuando nos aproximamos a los límites de la ciencia son evidentes como igualmente lo es que, para progresar, a veces se traspasan las difusas fronteras marcadas por la moral. Porque es mejor (y más rápido) pedir perdón, en lugar de permiso. Y es que, aunque el señor Musk haya asegurado que los monos que han utilizado en los experimentos de Neuralink eran prácticamente enfermos terminales y que sus muertes no han estado relacionadas con los implantes, se escuchan voces que dicen lo contrario. Al menos eso asegura un artículo publicado en la revista norteamericana Wired, magazine especializado en tecnología y su influencia en la cultura.

El texto se hace eco de las voces de algunas personas, supuestamente involucradas en los ensayos realizados sobre los macacos, que contradicen la versión del empresario y manifiestan el sufrimiento y doloroso proceso al que fueron sometidos los simios. Uno de ellos, al que llaman «Animal 15», pasó los meses previos a su muerte tirando del implante e intentando sacárselo hasta sangrar. Según sus cuidadores, solía apoyar la cabeza contra el suelo y buscaba dar la mano a su compañero de jaula en busca de consuelo. Y es que, analizando el caso desde una perspectiva científica, no parece lógico que los animales elegidos estuvieran ya enfermos. De ser así, ¿cómo sabrían si sus padecimientos eran provocados por el implante o por su condición previa? No cuadra con el método científico, Elon, no cuadra.

E insisto con el debate ético y moral de esta cuestión. ¿Es lícito que el ser humano experimente con animales? ¿Depende del objetivo perseguido? ¿Depende de la especie sobre la que se hagan las pruebas? ¿De qué depende? ¿De qué va todo esto? Pues de evolución, no va de otra cosa. De evolución y supervivencia. Nos guste o no, como seres humanos, hemos de enfrentarnos a la cruda realidad. Atención spoiler. En los más de 500 millones de años en los que se cifra la existencia de formas complejas de vida sobre la faz de la Tierra, ha habido al menos 5 extinciones masivas. «¿Cómo?» Así es. Y encima el número lleva premio. Hace 445, 374, 252, 201 y 66 millones de años respectivamente, se produjeron diferentes eventos de extinción masiva en nuestro planeta que acabaron con la práctica totalidad de las especies existentes en ese momento. En promedio tocamos a una extinción cada 89 millones de año, así que, tranquilo. Quedarían 23 millones de años para la próxima…¿o no?

Y es que no se trata solo de cambios súbitos como el del meteorito que acabó con los dinosaurios, sino también de variaciones progresivas en los ciclos geológicos del planeta suscitados por sus propias dinámicas así como por la acción de los seres vivos. Aunque no lo parezca, los organismos biológicos son una fuerza geológica increíblemente poderosa. Con su actividad, desencadenan cambios en la composición química de los océanos y la atmósfera, pudiendo llegar a generar hábitats incompatibles con la vida. Así que sí, lo más probable es que en unos millones de años se produzca uno de estos eventos. Si es que no está en marcha ya, como teorizan algunos.

De una manera u otra, el ser humano tendrá que enfrentarse antes o después a un posible exterminio. La única manera de sobrevivirlo será evolucionar y ser capaces de adaptarnos rápidamente a un entorno que será altamente hostil. Aunque también podríamos huir. De hecho, y lo cito de forma casi anecdótica, el astrofísico ruso Nikolái Kardashev propuso una escala que pretendía medir el tiempo que nuestra civilización necesitaría para abandonar la Tierra y colonizar otros planetas. Según estos cálculos, que datan de 1964, se necesitarían entre 100 y 200 años.

Ya sea en la Tierra o en otro planeta, la única posibilidad de supervivencia de nuestra especie es apostar por la ciencia y la tecnología, con el objetivo de que nuestro desarrollo técnico haya avanzado lo suficiente antes de que nos visite el próximo Armaggedon, que no será el último y del que Bruce Willis, lamentablemente, ya no podrá salvarnos. De hecho, aunque millones de años más tarde, es probable que otras civilizaciones nos sucedan como huéspedes de este planeta. Hay quien sostiene, como Andrew Tomas, autor del libro No somos los primeros, que nuestra civilización no es la primera y que en nuestro planeta hubo antiguas civilizaciones tecnológicamente avanzadas que se extinguieron y desaparecieron súbitamente. Esta insólita teoría, quizás podría dar explicación a los llamados «Out of Place Artifacts» (objetos fuera de tiempo) en relación a algunos hallazgos arqueológicos de artefactos de un nivel tecnológico muy avanzado en yacimientos de hace miles de años.

Y compartiendo con vosotros estas ideas espero que no me cataloguéis dentro del grupo de pseudocientíficos y negacionistas que dicen que el ser humano no está contribuyendo al cambio climático. O que nuestro impacto en la generación de CO2 es mínimo en proporción con el que se genera de forma natural. Por si hubiera sembrado alguna duda aclaro que no, rotundamente no, no estoy de acuerdo con los negacionistas. Lo único que expongo es un hecho científicamente demostrado: hasta la fecha ha habido al menos cinco extinciones masivas y habrá una sexta. La cuestión es si la provocará un elemento externo como un meteorito o el calentamiento del planeta debido al aumento de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Es solo una cuestión de tiempo.

Y ese es el motivo más egoísta que, como especie, da sentido al movimiento ecologista y a la pata medioambiental del manido desarrollo sostenible: el tiempo. Luchando contra el cambio climático ganamos tiempo. Tiempo para que el desarrollo de la tecnología y las ciencias busquen un remedio, una solución que libre a nuestra especie de una más que probable extinción debido a los ciclos geológicos que, en algún momento, harán que nuestro entorno resulte inhabitable. Unos pocos grados pueden hacer una gran diferencia. La pérdida de especies en las cinco grandes extinciones se ha correlacionado con variaciones en la temperatura global de poco más de 7ºC.

Por eso resultan tan importantes los objetivos de reducción de CO2 y la limitación del aumento de la temperatura global a 1,5ºC. Porque estas variables, lejos todavía de provocar un suceso tan dramático, tienen un impacto directo sobre la seguridad y disponibilidad de alimentos a nivel global. El aumento  de las sequías e inundaciones provocadas por el cambio climático está reduciendo la productividad agrícola, ganadera y pesquera. Según un informe de la EPA, la agencia de protección ambiental norteamericana, estos efectos pueden provocar escasez de alimentos en determinadas regiones y causar hambrunas y luchas por los recursos que deriven en conflictos internacionales e inestabilidad geopolítica. Lo que viene después de eso es la guerra y la muerte y el proceso ya está en marcha. ¿O acaso es normal que hayamos tenido más de 24 grados algunos días del pasado mes de enero? ¿o por qué crees que año a año los almendros vienen adelantando su proceso de floración?

Y el modelo de final de los tiempos que más me preocupa, porque me parece el más probable, está relacionado precisamente con estos cambios geopolíticos. Con la guerra. Con los botones rojos. Con los conflictos y luchas por los recursos que la escasez alimentaria puede causar. Podemos llegar a matarnos unos a otros antes que lleguemos a ver como nuestro planeta nos expulsa de la corteza terrestre. Y solo por, en otro contexto, unos insignificantes grados Celsius de más. Cuan relativo resulta todo y qué frágil y efímera es la existencia humana. Pero en fin, «lo que la oruga llama el fin del mundo, el resto del mundo lo llama mariposa» (Richard Bach). Al igual que la estatua Galatea, esta roca llamada Tierra volverá a tomar vida, aunque sea millones de años más tarde. Porque, la vida, volverá a abrirse camino de alguna u otra manera.

Por todo esto que os cuento y termino ya, amigos, más allá de pancartas y mensajes políticos (algunos interesados en que no reparemos en otras cuestiones), estoy convencido de que la ecología y el cuidado del medio ambiente tienen sentido. Por las generaciones actuales y las futuras, por supervivencia, pero también por ética. Por respeto a otros compañeros de viaje que habitan nuestro planeta y están sufriendo las consecuencias de nuestros excesos. Ellos también tienen que adaptarse a estos cambios, pero estamos forzando a que ocurran a tal velocidad que impedimos su adaptación, provocando su extinción. Aunque no nos conformamos con eso. En otras ocasiones, los matamos de otra forma, usándolos como simples cobayas. D.E.P. «Animal 15».

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