Estado asimétrico: el mercado de los limones de Akerlof

A medida que cumplo años cada vez soy más consciente de lo importante que es cuidar la salud y administrar sabiamente la energía vital que se nos ha dado. Para ello, sigo los consejos de toda una maestra. Mi entrenadora personal: Dolores, mi madre, la Loli. A sus 84 años y pese a su reciente operación de vesícula, conserva una increíble agilidad física y una inusitada lucidez  mental. ¿Su secreto? Una vida de mucho trabajo y una severa administración de esos pequeños hábitos diarios, peccata minuta, que tan frecuentemente usamos para aliviarnos y compensarnos por los estreses y problemas cotidianos. Y no hay mucho más truco. Bueno, miento. Hay uno más. Su genética, que por fortuna comparto, y que también ha servido para evitar que ocurriera una de las mayores tragedias que, en mi infancia, imaginaba podían suceder a un joven varón: quedarse calvo.

Y a pesar del maternal ejemplo, y de parecer tan claro el camino, no voy a mentirte: me cuesta trabajo mantener la disciplina y no sucumbir a los pequeños placeres. En ocasiones, mientras anudo mis zapatillas antes de salir a correr, he de mantener la cabeza abajo solo por evitar lo que podría resultar un peligroso cruce de miradas con mi sofá. De producirse tal encuentro, su poderosa atracción gravitatoria entraría en conflicto con mi fuerza de voluntad, generando así un momento resultante que podría terminar con mis huesos entre sus mullidos cojines y mi mano agarrotada alrededor del mando a distancia de la tele. Pero hoy no, hoy no va a ser ese día. Hoy salgo a correr. Ya descansaremos mañana. Quién sabe, quizás entonces pongan un episodio del programa «Cómo lo hacen» donde expliquen de donde sacan la motivación los deportistas profesionales. O quizás pueda encontrar una clave en algún libro.

Y así fue como conocí la historia de Sebastian Coe, mediofondista británico, bicampeón olímpico y Premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Un hombre que reconoce que su motivación nunca fueron las medallas ni los premios: «A lo largo de toda mi carrera atlética, la meta global ha sido siempre ser mejor atleta de lo que era en aquel momento, ya fuera a la semana siguiente, al mes siguiente o al año siguiente. La mejora era el objetivo. La medalla era, simplemente, la última gratificación por conseguir esa meta». Ese era su secreto. Una motivación totalmente intrínseca fundamentada por el propio proceso, el dominio, la mejora. Su éxito deportivo era una mera consecuencia, nunca un fin por sí mismo. Y es que, de acuerdo a las teorías más recientes sobre la motivación humana, no hay motivador más poderoso que nuestra necesidad innata de dirigir nuestra vida, de crecer, de crear, de aprender.

Resulta ciertamente irónico, pero no por ello menos cierto que, quienes menos motivados están por recibir motivaciones extrínsecas, son quienes al final las acaban recibiendo. Quienes agachan la cabeza y se concentran en disfrutar del propio camino son los que alcanzan cotas más elevadas…¡y ganan más dinero! Pero para ello, primero debemos encontrar nuestro camino, el verdadero, y es ahora, querido lector, cuando le pregunto, ¿está usted siguiendo su propio camino o simplemente está dejándose llevar por la inercia? ¿se ha parado a preguntar a dónde va? ¿se ilusiona cuando suena el despertador o se siente una desgraciada víctima que está pagando en esta vida las fechorías cometidas por alguna de sus encarnaciones pasadas? No se conforme, sea valiente. Busque su camino.

Y para encontrarlo puede que antes tenga usted que perderse. O por lo menos despistarse. Así me ocurrió a mí. Lo confieso: a finales de 2022 anduve unos meses perdido y ciertamente desnortado; con cara de capullo. Pero de repente un día, como dicen los Aerosmith en su canción Amazing, en un abrir y cerrar de ojos finalmente, vi la luz. Metafóricamente hablando, claro está. Y esa luz alumbró un camino que estaba transitado por otras personas, mis nuevos compañeros, que de igual modo solo que antes que yo, habían abandonado la autopista para aventurarse en una senda, la suya propia. ¿Y no se pagan peajes en ese camino? Pues sí, todo tiene un precio. Desde pequeños, nos programan para vivir más cómodos y sentirnos más seguros con una nómina. Nos hackean el cerebro para que ser autónomo nos dé sensación de mayor incertidumbre, de tener menos información sobre el futuro inmediato. Sin embargo, por más información que creamos tener, siempre se corre el riesgo de que ésta sea incierta e incluso asimétrica. Sí, he dicho bien, asimétrica.

La asimetría de la información es un fenómeno cuyos efectos fueron descritos por el economista americano y premio Nobel George Akerlof en un artículo publicado en 1970 y titulado The Market for Lemons: Quality Uncertainty and the Market Mechanism. En dicho estudio describe ciertas negociaciones en las que una de las partes posee más información que la otra, creando un desequilibrio que afecta al resultado. Los limones no eran sino coches que tenían problemas mecánicos. En el mercado de segunda mano, los propietarios de estos vehículos tenían más información sobre el estado de los mismos que los potenciales compradores. ¿Y qué consecuencias puede tener esta asimetría informativa sobre el mercado de coches? Según Akerlof la siguiente.

Por un lado, los compradores serán reacios a pagar un precio alto por un automóvil usado, ya que temen terminar al volante de «un limón» en lugar de un coche en buen estado. Por su parte, los vendedores de «limones» estarán motivados a vender su vehículo a un precio alto aprovechando su ventaja en una relación puntual que no le traerá consecuencias (supuesto que no ha de dar garantías). El desequilibrio descrito terminará provocando lo que Akerlof llamaba «una selección adversa», donde los compradores solo estarán dispuestos a pagar un precio medio o bajo (descontando posibles problemas de calidad), lo que desalentará a los vendedores de vehículos en buenas condiciones a ponerlos en el mercado. Como consecuencia, se producirá una pérdida de eficiencia y un deterioro del mercado, que terminará colapsando y desapareciendo…No sé por qué esto me recuerda al mercado de alquiler de vivienda en España…

Y es que las conclusiones del estudio de Akerlof tienen, a mi parecer, sorprendentes paralelismos con la situación que estamos viviendo actualmente en nuestro país. En un escenario donde la verdad se ha convertido en una mercancía negociable, los ciudadanos nos encontramos en una posición asimétrica y francamente vulnerable. Ciertos políticos y sus medios afines, hacen uso de su privilegiado acceso a la información y explotan esta ventaja divulgando propaganda continuamente para avanzar en sus agendas, incluso a expensas del bienestar general. Promesas incumplidas, datos sesgados y medias verdades son solo algunas de las continuas manipulaciones a las que nos vemos sometidos.

Y las consecuencias de esta manipulación van mucho más allá de la esfera política. Las asimetrías resultantes socavan nuestra confianza en las instituciones democráticas y perpetúan las injusticias sociales precisamente por parte de quienes se autoproclaman adalides de la justicia social. Y es que son las personas y comunidades marginadas, menos educadas y preparadas, las más afectadas por este problema, viéndose atrapadas en un ciclo de desinformación y desigualdad que erosiona su capacidad para prosperar. En última instancia, estas asimetrías alimentan la percepción de un sistema injusto, donde algunos tienen privilegios indebidos mientras que otros luchamos por hacer oír nuestra voz.

Vivimos en un estado asimétrico y el ejemplo más reciente lo encontramos en la amnistía a Puigdemont y las cesiones de Pedro Sánchez al independentismo y el debate sobre el cupo catalán. Estas concesiones, que nos venden como un intento de apaciguar las tensiones separatistas, son un auténtico golpe a la equidad y la justicia en España. Perpetúan una asimetría de poder, otorgando privilegios injustificados a ciertas personas a expensas del conjunto del país. Esto no hace más que alimentar sentimientos de agravio y descontento entre quienes nos sentimos insultados y marginados, aumentando la división y la polarización de ciudadanos que conviven en un mismo territorio.

Si no nos quejamos, si no luchamos, contra estas asimetrías e injusticias, nuestra cultura y nuestro país colapsarán al igual que el mercado de los limones de Akerlof. Resultará una tarea ardua, pero es esencial que tomemos partido y no nos callemos si pretendemos una sociedad más equitativa y justa. Esto requiere un compromiso tanto de los líderes políticos como de los ciudadanos para promover la transparencia y una verdadera rendición de cuentas. Solo entonces podremos aspirar a una democracia verdaderamente inclusiva, donde todos tengamos los mismos derechos y deberes y la oportunidad de participar plenamente y sin manipulación en la toma de decisiones que afectan a nuestras vidas.

El problema es que faltan auténticos líderes y sin buenos líderes aun las civilizaciones más grandes pueden colapsar. Leía hace unos días que estamos ante el colapso de los actuales modelos de gestión y liderazgo y no puedo estar más de acuerdo. Nuestros líderes políticos no tienen habilidades de sentido, aquellas habilidades que tienen que ver con la ética y el espíritu de servicio para colaborar y conducir a los demás que son las que, en mi opinión, determinan la verdadera grandeza de un líder. ¿Qué los lleva pues a ejercer el cargo? ¿Creen ustedes que son motivaciones intrínsecas como las de Sebastian Coe? ¿Lo hacen por ser un fin en sí mismo? ¿O solo son un medio para viajar en Falcon? En fin…Actúen ustedes en conciencia y piensen por favor en estas cuestiones antes de las próximas elecciones porque yo ya les dejo, voy a atarme las zapatillas. Porque hoy no va a ser ese día que la pereza pueda conmigo. Hoy no, hoy vuelvo a hacerlo. Hoy estoy motivado. Porque hoy, hoy, salgo otra vez a correr.

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