Insert coin

No creas que hace tanto tiempo que me di cuenta que de niño era un auténtico nerd, un nerdo, según la RAE. A toda honra, eso sí. El origen etimológico de este vocablo inglés, dirigido a personas ciertamente asociales que solo se interesan por la tecnología y la ciencia, tiene distintas teorías. La que me resulta más simpática hace referencia al Massachusetts Institute of Technology, el famoso MIT. En los 60, los estudiantes llamaban «knurd» (drunk, al revés) a aquellos compañeros que tenían conductas que consideraban inadecuadas y reprobables. Estos chicos salían de fiesta y bebían más de la cuenta, lo que terminaba por perjudicar sus resultados académicos. Resulta que en mi infancia fui monaguillo, y al igual que a estos estudiantes, ¡también me gustaba el vino! Antes de ser consagrado, aprovechaba los despistes de Auxi, la señora que asistía al párroco, para hurtar de modo sigiloso un diminuto sorbo de aquel líquido rojizo.

Obviamente no todo fueron misas de doce pertrechado con un sobrepelliz, sino que, a mayor afinidad con los nerds, también pasaba mucho tiempo estudiando y jugando a videojuegos. Fue uno de mis tíos paternos quien me regaló lo que en aquella época me parecía un milagro de la tecnología, un Spectrum ZX 128K. Como dicen los indios apaches: ¡Lo que inventa el hombre blanco! El chirrido infernal que atestiguaba que el programa se estaba cargando, resultaba música celestial para mis oídos. Mientras, cruzaba los dedos para no leer en pantalla el peor mensaje posible: Error de carga. Recuerdo también estar suscrito a la revista Micromanía que se publicaba en un formato que resultaba de dimensiones sobrehumanas. Eran finales de los 80 y, en aquella época, la industria del videojuego en nuestro país estaba en pleno auge. Compañías como Erbe, Dinamic o Topo Soft, llegaron a ser punteras en el sector en toda Europa. Lamentablemente, durante los 90 todas estas empresas entraron en declive y, poco después, la llegada de la era de las consolas terminó por darles la puntilla.

Sin embargo, la industria española de los videojuegos está teniendo una segunda vida en nuestros días. No solamente en el desarrollo de software, sino porque tenemos algunos equipos de eSports punteros como Heretics, Movistar Raiders o los Giants, este último con sede en Málaga. Es allí precisamente donde, este mismo año, abrió sus puertas un proyecto francamente original: el museo OXO del videojuego. Pasado, presente y futuro del gaming se ordenan en varias plantas donde, no solamente se muestras piezas únicas de hardware, sino que se puede jugar sin límite a juegos actuales y grandes clásicos: Pac-Man, Tetris, Donkey Kong, e incluso el famoso Pong, el primer simulador electrónico de tenis de mesa cuya simplicidad aún resulta adictiva. Dentro de este museo, aunque nos maten, podremos disfrutar siempre de una vida extra sin hacer caso del mensaje «insert coin». Y es que lo mejor de los videojuegos es que se pueden vivir infinidad de aventuras sin sufrir las posibles consecuencias, mientras que en la vida real, todo tiene consecuencias. Siempre pagamos una factura. La culpa la tiene Newton y su Tercera Ley: Toda acción genera una reacción de igual intensidad, pero en sentido opuesto. Pero parece que aún no estemos muy convencidos.

Así lo pareciera después de escuchar hace pocos días las declaraciones del sultán Ahmed Al Jaber, presidente de la COP28, que se seguirá celebrando en Dubai hasta el 12 de diciembre. Y es que este caballero, además de presidir la conferencia contra el cambio climático, resulta ser CEO de ADNOC. ¿Y qué es ADNOC? Pues la Abu Dhabi National Oil Company, la cuarta petrolera con más beneficios del mundo, cuya sede está en Emiratos Árabes. Al igual que el famoso «manda huevos» del otrora presidente del Congreso, Federico Trillo, han circulado unos audios en los que Al Jaber fue grabado manifestando (cita literal) que «no hay pruebas del impacto de los combustibles fósiles» y que «no hay ninguna ciencia, ningún escenario, que afirme que la eliminación progresiva de los combustibles fósiles es lo que nos llevará a limitar el calentamiento global a 1,5°». Con todos mis respetos, poner a un perfil como este al frente de una cumbre en la que uno de los objetivos primordiales es acelerar la transición energética y reducir las emisiones de metano y uso de combustibles fósiles en 2030 es una chapuza difícil de digerir por muchas tragaderas que se tengan. Y mira que las tenemos entrenadas.

Por más que Úrsula Von der Leyen haya asegurado en su discurso a los líderes mundiales que quiénes contaminan deben pagar por el cambio climático, si en el lugar más preeminente de la mesa de negociación sientas a una persona que ha hecho estas declaraciones, el mensaje pierde mucha fuerza. Porque hay que serlo y parecerlo. Ahora llega la parte de desmentidos. «No se me entendió». «Está sacado de contexto» y una ristra de circunloquios que le permitirán permanecer ajeno a las críticas. Es a lo que nos tienen acostumbrados algunos altos mandatarios y cargos públicos que parecen haber desterrado del diccionario las palabras dimisión, disculpas y vergüenza. Así nos va.

Y por si no queda claro, lo que me parece mal no es que este señor venga del sector petrolífero, no. El cambio de estrategia energética que necesitamos ha de contar también con el apoyo de esta industria. Sin embargo, también es cierto que las innovaciones que la propia Von der Leyen reclamaba en su discurso, difícilmente podemos esperar que vengan de estas compañías. Históricamente las disrupciones y los cambios tecnológicos que han supuesto una auténtica transformación en las reglas del juego no han venido de los players que ya participaban en el mercado, sino de nuevos actores que se pueden beneficiar del desmantelamiento del status quo.

El punto que me preocupa es que el puro interés económico y la presión de los lobbies se imponga y termine por marcar la agenda. La mejor manera de reventar un sistema es estar dentro del mismo, ir de tapado y colonizarlo sibilinamente. Esto lo sabe bien quien, yendo de progresista y adalid del diálogo y la democracia, tiene todas las hechuras de un dictador bolivariano. Por eso, encontramos al frente de estas conferencias a personas que, como el señor Al Jaber, realmente opinan que lo de frenar el cambio climático está bien mientras que no le toquen la cartera. Se dejan llevar sin duda por el sesgo del presente. Sí, nuestro yo presente no sufrirá las consecuencias de las decisiones que tomemos hoy, sino nuestro yo futuro. Ese tipo antipático que nos obliga a hacer ejercicio e intentar llevar una vida saludable. Será dentro de pocas décadas cuando se aprecien los efectos de la inacción de nuestra generación y desafortunadamente, puede ocurrir que al final de este juego, tras pasarnos la última pantalla, no encontremos ningún mensaje que nos permita seguir jugando. Que no veamos ningún «insert coin».

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