The Greatest Showman

Comenzar un nuevo año siempre es ilusionante. Borrón y cuenta nueva. Embriagados por el cava y los fuegos artificiales, nos dejamos seducir por el calendario y terminamos enamorados del ejercicio que se abre ante nosotros. Al sonar la última campanada nos transformamos y, aquello de lo que ayer no éramos capaces, de repente se torna alcanzable y posible. Perder unos kilos, hacer ese viaje, aprender inglés. Es seguro que algunos de estos objetivos están en esa lista que, real o figuradamente, todos nos hacemos. Sin embargo, al igual que un romance adolescente, todos estos posibles no tardan mucho en desvanecerse y volver a su sitio, a la lista de propósitos para el año que viene.

Y ya quedan solamente trece días para el 15 de enero. Sí, esa es la fecha exacta en que nos enfrentaremos al Blue Monday. El tercer lunes de enero es el momento en que, según dicen algunos, nos damos cuenta de que la mayoría de promesas que nos hicimos en Nochevieja se quedarán solo en eso. A partir de ese momento, dejamos la rutina de gimnasia, abandonamos el inglés y volvemos al chocolate en vena. Cliff Arnal, profesor de la Universidad de Cardiff, fue el padre de este hito en el calendario basándose en una fórmula pseudocientífica para cuyo cálculo tenía en cuenta el clima, las deudas personales, el tiempo transcurrido desde Navidad, así como otros factores. Y ahora la pregunta que tocaría hacerse es: ¿tiene sentido seguir haciendo propósitos de Año Nuevo si no los cumplimos?

Pues mira, yo creo que sí. Los cambios vitales nunca se producen si no hay previamente una intención y deseo firme de transformación. Sin embargo, después de esa etapa inicial de visualización y diseño, se sucede otra en la que muchos barcos comienzan a hacer aguas. Otro estadio que requiere usar dos de las mayores fuerzas de la naturaleza: la voluntad y la disciplina. Si en nuestra caja de herramientas no tenemos estos instrumentos, más pronto que tarde, la fuerza de la costumbre nos hará olvidar nuestros objetivos y conseguirá que se mantenga el statu quo. Y es que tampoco estamos tan mal, ¿no? Me hago estas reflexiones porque, hace pocos meses, decidí dar un cambio. Uno de esos de los que da vértigo; de los que cuesta. Ser un profesional independiente: un consultor.

Así es. Uno de mis mayores deseos para 2024 es poder hacerme un hueco en una profesión que, de tan competida y poblada, da la sensación que se está desvirtuando. «¡Venga ya! ¿Otro vende humo?» ha llegado a decirme alguno de mis queridos amigos cuando le he contado el proyecto. Y no deja de ser cierto que en algunos casos, algo de humo hay, pero también porque tenemos que aprender a usar el propio humo para hacer señales, igual que un indio. En este oficio no basta con tener un buen background y ser un profesional intachable, hay que tener contactos, hacerse ver y llamar la atención. Serlo y parecerlo. Para ello hay distintas formas de proceder, pero queramos o no, hoy en día todos tenemos que pasar por las redes sociales, y aquí me encuentro pues.

Según el dato más actualizado que he podido encontrar, y me refiero solamente a LinkedIn, hay más de 690 millones de miembros y el número de impresiones semanales ronda los 9.000 millones…Más que señales de humo, se necesita una auténtica bomba de Hiroshima para destacar entre tanto contenido y llegar a tus potenciales clientes. «Tienes que publicar al menos dos veces por semana» «Lo mejor es hacerlo entre las 08:00h y 12:00h» Son algunos de los consejos que los gurús en la materia ofrecen como píldora para resolver el problema. Pero para destacar hace falta algo más. Ese je nai se qua. ¿Y dónde encontrarlo? Mi primera idea fue buscar en los clásicos, ellos siempre tienen respuesta para todo y fruto de esta búsqueda es que reparé en Phineas Taylor Barnum.

Aunque inmortalizado en la película musical de 2017 The Greatest Showman protagonizada por Hugh Jackman (Lobezno forever), la figura de P. T. Barnum resulta bastante desconocida. Sin embargo, este autor, editor, promotor, empresario y político del siglo XIX fue pionero en el uso de los medios de comunicación y las relaciones públicas para promocionar sus espectáculos. Llegó a convertirse en uno de los empresarios más admirados de los Estados Unidos y a ser conocido como el mejor showman del mundo. No obstante se trata de un personaje controvertido y en algunas de sus biografías también se le señala como un maestro de la farsa y el engaño.

Fundador del «Barnum´s American Museum» y del «Barnum & Bailey Circus» (que se mantuvo en marcha hasta 2017), construyó en Nueva York un recinto para su espectáculo con capacidad para 10.000 espectadores. Tal era el éxito que, todos los días, miles de personas se quedaban haciendo cola sin poder acceder al mismo. SOLD OUT, rezaban los letreros en taquilla. Si te suena el nombre de Madison Square Garden, esta es la denominación actual de dicho auditorio. Barnum llamaba la atención del público como nadie y fue capaz de propiciar toda una revolución en el entretenimiento y el mundo del espectáculo como se conocía hasta la época.

No obstante, como casi todos los pioneros, para ello tuvo que traspasar ciertos límites, algunos de ellos éticos. Tomando como referencia los freak shows que comenzaron en la Inglaterra del siglo XVII, usaba para sus funciones a personas con enfermedades congénitas así como animales amaestrados. Especialmente aplaudidos fueron Tom Thumb (nombre inglés que se da al cuento de Pulgarcito)  que resultaba ser una persona que padecía enanismo y medía poco más de un metro, Annie Jones, una mujer con hirsutismo que se hacía llamar «La mujer barbuda», o el elefante Jumbo, en el que se cree que se inspiró Dumbo, la célebre película de Disney del año 1941.

Pero centrándome de nuevo en el tema que me ocupa, el verdadero mérito que ha de atribuirse a Barnum reside en cómo era capaz de crear una historia alrededor de lo que quería vender, convirtiéndolo así, de algo banal que pasaba desapercibido, en un evento extraordinario y digno de admiración. Uno de estos casos es el de la «Sirena de Fiyi». Se trataba de una figura construida a partir del cuerpo de un mono disecado al que se había cosido la cola de un pez, igualmente momificada. Consciente de la dificultad de hacer creer al gran público de la existencia de las sirenas, Barnum diseñó una campaña para conseguirlo. Un actor fingiría ser un científico inglés que se había topado con este ejemplar. Al mismo tiempo, gracias a sus contactos en el mundo editorial, hizo publicar artículos teóricamente científicos y fiables que le daban verosimilitud al descubrimiento. ¿El resultado? Multiplicó por 3 los ingresos de su museo durante las 4 primeras semanas en las que se exhibió la supuesta sirena.

Estas estrategias que actualmente resultan comunes no eran nada habituales en aquella época y es por ello que resulta admirable la picardía y el genio que demuestra el protagonista de esta historia. Pero no todo va a ser admiración y es ahora cuando vienen las críticas a sus formas de proceder. Aunque el show business y los fuegos de artificio se demuestran necesarios para atraer a nuestros clientes, si lo que hay detrás es falso y no hay sustancia, antes o después se desvelará el truco. Pronto se disipará el humo y la tramoya quedará expuesta con sus secretos a la vista del respetable. Si no hay valores. Si no hay principios. Si no hay detrás un profesional ético, comprometido y capaz. Si no hay todo esto, ni el mejor plan de marketing conseguirá hacernos ganar la confianza personal y profesional en la que se basan los negocios, tanto más si hablamos del negocio de la consultoría. Sin una auténtica propuesta de valor, estamos muertos.

Precisamente estas ideas me venían a la cabeza hace unas semanas mientras veía con Ana «OVO», el espectáculo del Circo del Sol, en su parada en Granada. ¿Qué hay detrás de este show? ¿Qué pasa cuando se baja el telón? ¿Cómo es la vida de estos artistas entre función y función? Esfuerzo, trabajo, sacrificio, sudor y profesionalidad. Estas son algunas de las palabras, de los valores, que se requieren para llegar a ese nivel de belleza y precisión y poder esculpir esos cuerpos de atleta. Los mismos cuerpos y figuras que desearíamos tener cuando confeccionamos nuestra lista de propósitos para el año entrante. Sin embargo casi nunca los conseguimos. ¿Y por qué? Porque nos suele faltar voluntad y disciplina. Porque no estamos dispuestos a pagar el precio que exige el éxito, y además, teniendo que hacerlo por adelantado.

Y voy concluyendo ya, que se me hace tarde y me cierran el Mercadona. Se trata de valores, señores. Ese será mi deseo para 2024, que en nuestra sociedad haya más valores. Más sustancia y menos postureo. Que haya mucho lirili, pero también mucho lerele. Que seamos más de verdad. Y es que todo el sistema económico global (nuestra Matrix) no se basa en otra cosa que la confianza. ¿Cuánto valdría un billete de 500€ si no hubiera confianza? Nada de nada. Lo mismo que un canto rodado, o quizás menos…Pero en fin, es lo que tenemos. Como el propio P. T. Barnum decía en su obra The Humbugs of the World en la que hacía frente a quienes le llamaban farsante: “¿Y en qué negocio no hay engaño? Hay trampas en todos los oficios menos en el nuestro (…) Mi amigo inexperto, dé por sentado que todos dicen la verdad ¡los unos de los otros!”.

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