¡Fuego! ¡Fuego!

La distancia física que mantenemos con otras personas cobró una especial importancia a partir del 2020, convirtiéndose en una medida clave para reducir la transmisión del COVID-19. Durante la pandemia se hizo evidente que hay que respetar cierto espacio interpersonal que hace que nos sintamos seguros y protegidos. En comunicación no verbal ocurre lo mismo, las distancias personales están vinculadas con nuestra seguridad, emociones y relaciones con los demás.

Cada persona marca unos límites invisibles, influidos también por las normas culturales, que pueden variar en cada caso y debemos respetar. Si excedemos estas «fronteras», podemos tener problemas. De hecho, a mí me ocurrió una vez en una visita a Nueva York.

Mi amigo y yo nos dirigíamos a una misa góspel, pero nos perdimos en el barrio de Harlem. Después de dar vueltas, topamos con una estación de bomberos y decidimos entrar a preguntar. Con mi mejor sonrisa, me dirigí hacia el oficial que me pareció más amable, pero antes de poder acercarme lo suficiente para hablar, empezó a gritarme: «Freeze! Freeze! Get away from me!», haciendo aspavientos con las manos. En ese instante, me di cuenta de que estaba a menos de un metro de aquella persona y aunque, desde mi punto de vista no me había acercado demasiado, para él era una proximidad amenazante ante un desconocido. Retrocedí un par de pasos levantando mis manos y enseñando las palmas (gesto ante el que se relajó) y finalmente pude preguntar.

En conclusión, seamos cautos con el espacio personal para no ofender ni incomodar a nadie. Y, por cierto, dar de nuevo las gracias a aquel bombero quien, a pesar de que comenzamos con mal pie, terminó haciéndonos un tour magnífico por su estación.

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