Se nos rompió el amor

La afirmación de que el ser humano es un misterio no es gratuita. Durante siglos, la religión, la filosofía y la ciencia han intentado explicar cuál es nuestra auténtica naturaleza y responder a las preguntas: ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?, y mi favorita: ¿Estamos solos en el universo? Sin embargo, todos estos esfuerzos han sido infructuosos. Esto ha fomentado nuestro ego como especie y la percepción de que el planeta es nuestro. Pensamos que somos el ombligo del Universo. Pues no, no lo somos.

Nuestro organismo comparte mucho material genético con el resto de mamíferos, e incluso con microorganismos simples, como demostró el famoso Proyecto del Genoma Humano. No somos una especie tan única pero, ¿lo somos como individuos? Este interrogante debemos responderlo con ayuda de la psicología y las diversas teorías que, a lo largo de la historia, ha desarrollado para intentar comprender cómo se forma y manifiesta la personalidad humana. Una de las más conocidas es la Teoría Humanista de Carl Rogers y Abraham Maslow que propuso la famosa «jerarquía de necesidades».

Es cierto que las personas presentamos una serie de necesidades que, no solo pueden jerarquizarse, sino que cambian a lo largo del tiempo. La vida humana es muy frágil y, a medida que envejecemos y se acerca la visita de la parca, aumentan nuestras necesidades de seguridad. Por este motivo nuestra conducta y hábitos se suelen tornar más saludables, pero también nos volvemos menos flexibles y tolerantes a los cambios. Sin embargo, constantemente surgen nuevos movimientos y tendencias a los que hemos de adaptarnos. Yo también me hago mayor, y quizás sea por eso, una de esas nuevas corrientes me exaspera enormemente. No la aguanto. Me refiero a la cultura del revisionismo y su ánimo de reescribir (y tergiversar), no solo la historia, sino incluso las leyes que rigen la naturaleza.

Desgraciadamente se ha desarrollado toda una agenda alrededor de este concepto que, no solo intenta hacernos confundir hechos con opiniones, sino que atañe a unas de las cuestiones que para mí resultan más sagradas: los clásicos de la infancia. Así es, desde hace algunos años, Disney se ha empeñado en dilapidar su acervo de personajes clásicos de animación con infumables películas revisionistas: Dumbo, Pinocho, Peter Pan, La sirenita y muy pronto Blancanieves y los Siete Seres Mágicos. Sí, ya no son enanitos. Ahora son seres diversos. Aunque parece que en el último momento, debido a los malos augurios en taquilla de la brillante idea, los productores han decidido dar marcha atrás y restaurar a los personajes originales, aunque generados por ordenador.

Vamos a ver, los clásicos no deben tocarse y mucho menos revisarse. Y no es solo por lo parcial que resulta descontextualizar los valores que los inspiraron, sino porque no se pueden mejorar. Un claro ejemplo lo tenemos en la reciente gala de los Grammy Latinos que aconteció en Sevilla. La carismática Rosalía se atrevió con uno de los himnos de la más grande, Rocío Jurado, y sinceramente, no hay color. No puede haberlo. Este nuevo «se nos rompió el amor» no llega, no transmite, no eriza la piel. Y me encanta Rosalía pero insisto, los clásicos no hay que tocarlos.

Al igual que en la canción, actualmente hay un concepto que, de tanto usarlo, se ha roto y su significado se ha desdibujado: el desarrollo sostenible. La sostenibilidad está por todas partes. Es una epidemia. Estamos al borde de la sobredosis y es un término que se usa con poca propiedad. Esto puede llevar a muchos al escepticismo y una fundada decepción, más aún cuando algunas empresas han estado aplicando en los últimos años técnicas de greenwashing. Me refiero a aquellas acciones de marketing que intentan confundir a los consumidores y les inducen a error en relación con las prácticas de una compañía o los beneficios ambientales de un producto.

¿Pero qué es realmente el desarrollo sostenible? A pesar de que ahora está más de moda que nunca, no es algo nuevo. Fue en 1987 cuando se habló por primera vez de las consecuencias medioambientales negativas que podían tener el desarrollo económico y la globalización. El Informe Brundtland, elaborado por encargo de la ONU, lo definía como «aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones» y trataba de buscar posibles soluciones a los problemas medioambientales derivados de la industrialización y el crecimiento de la población.

Sin embargo, no se trata solamente de ecología. La sostenibilidad bien entendida debe tener 3 dimensiones: una ecológica (consumo de recursos y generación de residuos), otra social (mantenimiento de la cohesión) y una tercera económica (rentabilidad financiera). La sostenibilidad ecológica y social solo es posible si es financieramente rentable y para ello es necesario invertir. Por el contrario, de acuerdo a un estudio llevado a cabo por la consultora francesa Capgemini, la inversión en sostenibilidad es relativamente pequeña y algunas empresas entienden que no es más que un gasto, una carga financiera extra que soportar para poder hacer negocios.

No cometamos este error. Ser sostenibles significa ser eficientes. Si no lo somos, antes o después, nos sacarán del mercado. Es obligatorio. Pero también significa ser solidarios con las generaciones presentes y las futuras. La huella ecológica es un indicador que mide el impacto de la actividad humana sobre la Tierra y relaciona los recursos naturales que consumimos con la capacidad para generarlos. Según estos estudios, actualmente, la Tierra tarda 17 meses en producir los recursos que consumimos en 12 meses. Es decir, estamos sobreexplotándola y las previsiones dicen en 2050 serían necesarios 24 meses para generar los consumos de un solo año.

Si no nos convencemos de esta realidad y actuamos pronto, las consecuencias pueden ser catastróficas. Y no me refiero a que acabemos con el planeta, no. No es eso lo que va a ocurrir. El planeta nos sobrevivirá, quedará cuando nos hayamos ido, cuando nos extingamos. Como os decía al principio, nuestra especie no es tan especial. Somos una creación pasajera y delicada que puede desaparecer víctima de sí misma. Si no cambiamos nuestra conducta estaremos acabando con nosotros mismos, con la propia Humanidad y con el resto de especies que nos acompañan en esta esfera cósmica que pensamos que nos pertenece y que, de tanto usarla, estamos a punto de romper.

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