No nos moverán

Antes de Netflix, HBO y Disney+. Previamente a la Sexta, Cuatro y Neox. E incluso anteriormente a Telecinco y Antena3, en este país que aún se llama España, solo había dos cadenas de televisión: la Primera y la Segunda. Desde mitad de los 60 y hasta primeros de los 90, cuando comenzaron las emisiones de las primeras cadenas privadas, la oferta televisiva era binaria. A la orden de «niño, cambia de canal», nos levantábamos del sofá y pulsábamos el botón que, con un sonoro «clac», sintonizaba la única alternativa disponible. Y es que tampoco había mando a distancia.

La programación de aquel entonces era lógicamente mucho más generalista y simple de lo que es en la actualidad. La vigente segmentación del espectro televisivo y las plataformas de streaming han llevado incluso al uso de algoritmos de recomendación que deciden qué vemos y qué no. Sin ir más lejos, Netflix utiliza un sistema llamado CineMatch que se basa en el tipo de contenido, tus valoraciones previas y las de los demás usuarios, para proponerte una lista de películas y ocultar el resto. Esta inteligencia artificial filtra, y decide, cuáles son tus alternativas y qué terminas viendo, ergo, a pesar de la aparente variedad disponemos de muchas menos opciones de las que creemos.

Para consolarte te diré que la falta de opciones aclara maravillosamente la mente. La frase no es mía, sino del ex secretario de estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger. Y es cierto. La diversidad y variedad de contenido actual es tal que, para evitar volvernos locos, necesitamos un asistente que discrimine qué puede resultarnos interesante y qué no. Sin embargo, esa ayuda automatizada tiene un coste. La falta de exposición a ideas y gustos diferentes al nuestro nos empobrece, nos hace parciales, nos polariza. Genera a nuestro alrededor lo que el autor Eli Pareser denomina burbuja de filtros que termina por aislarnos del resto del mundo y evita explorar nuevas conexiones mentales que son imprescindibles para la creatividad e innovación.

Quienes estamos en los medios y redes sociales luchamos a diario por traspasar esos filtros y buscamos incesantemente un objetivo: ser relevantes. Destacar o desaparecer, he ahí la cuestión. Sin embargo, hace unas décadas, cualquier emisión era tema de conversación y se viralizaba convirtiéndose en un evento mítico, si bien algunos realmente lo eran: la serie V con Diana y Mike Donovan, Falcon Crest y la pérfida Ángela Channing, El coche fantástico y Michael Knight y cómo olvidarnos de Verano azul y Chanquete. Atención spoilers. Su muerte en la ficción y el celebérrimo «Chanquete ha muerto» conmocionaron a todo el país y nos vistieron de luto durante varios días. Ahora, incluso las series más legendarias no me lo parecen tanto y quedan diluidas entre tanta oferta. Mucho menos impactante ha resultado, por ejemplo, el reciente fallecimiento en la vida real de Matthew Perry, el querido Chandler Bing de la famosa serie Friends.

Estoy seguro de que todos conocéis a Ross, Rachel, Mónica, Chandler, Phoebe y Joey, los seis protagonistas de la sitcom por excelencia de la década de los 90. Y eso es decir mucho, habiendo compartido cartel con otras comedias del nivel de Seinfeld o El príncipe de Bel Air. Lo que quizás no sabéis es la historia que tuvo lugar entre bambalinas que hizo que la NBC, productora del show, pagara a cada uno de los actores un millón de dólares por episodio. Es una auténtica historia de negociación que se estudia en algunas escuelas de negocios y es lo que vengo a contaros hoy.

En el año 1994, cuando comenzó a rodarse la serie, cada intérprete negoció su salario a través de su agente de forma independiente. Para que os hagáis una idea, sus emolumentos ascendían alrededor de 22.000 dólares por episodio. En la segunda temporada, debido a las diferencias en la popularidad de cada personaje, aparecieron diferencias salariales estableciendo una horquilla que llegaba hasta los 40.000 dólares por capítulo. No fue hasta la tercera temporada en que el grupo reparó en dos cuestiones:

La primera es que esas diferencias retributivas podrían terminar por generar conflictos entre los miembros del equipo. Percibir remuneraciones distintas por hacer el mismo trabajo puede tener esas consecuencias. La segunda es que un elenco coral hace prescindible a cada miembro por separado. Si continuaban negociando individualmente, tendrían mucho menos fuerza que si se agrupaban en una especie de mini sindicato para hacerlo de forma colectiva.

Quien se erigió como delegado sindical fue David Schwimmer, Ross Geller en la ficción, quien en aquel momento era el mejor pagado del reparto junto con Jennifer Aniston, la pizpireta Rachel Green. Schwimmer no solo consiguió aunar firmemente las voluntades de sus compañeros sino que, en sus gestiones con la productora, hizo un movimiento táctico que a la postre resultaría definitorio: Ofreció bajar su sueldo de manera que todos percibirían la misma cantidad, la del peor pagado, 75.000 dólares por episodio. Como contrapartida, sus honorarios se irían incrementando anualmente hasta llegar a los 125.000 dólares en la temporada seis.

En las dos negociaciones que sucedieron después de esta, antes de que terminara la serie en 2004, siempre negociaron todos en conjunto. O se llegaba a un acuerdo en pleno o todos se iban. Esto llegó a provocar situaciones tan tensas que los guionistas, a falta de pocos episodios para finalizar la temporada, no sabían si tenían que escribir un argumento que pusiera fin al programa u otro que diera pie para continuarlo. Sin embargo, el éxito de la serie en ese momento era tal que, unido a la estrategia que sus estrellas habían seguido, los colocó en una situación de ventaja que les permitió firmar un último contrato por la friolera de un millón de dólares por capítulo.

Las moralejas que pueden extraerse de este caso son diversas. La primera y para mí menos relevante es ¿resultaba lícito y merecido un salario tan alto para un actor? ¿Dónde está el límite de lo que podemos pedir a la otra parte en una negociación? ¿Fueron unos aprovechados? Bueno, chico, nos guste o no, tanto generas tanto vales. Si a la Warner Brothers no le hubieran salido las cuentas, no hubiera accedido a esta petición. Es la ley del mercado. Otra de las cuestiones a analizar es el momento en que se hicieron las concesiones. ¿Quién debe hacer la primera concesión en una negociación? No hay reglas fijas, pero la norma general es que, quien hace la primera, corre el riesgo de aparentar una posición más débil. Sin embargo a Schwimmer y sus colegas, les salió bien tomar la iniciativa. Decidieron hacer un sacrificio inicial para demostrar su compromiso con vistas a obtener rendimiento a largo plazo. Y la última de las tesis que voy a mencionar (aunque hay más) es que el poder en las negociaciones es relativo y puede cambiar de manos en función de la situación y de nuestra estrategia. La de ellos fue permanecer unidos, cohesionados, o todos o ninguno, porque la unión hace la fuerza.

Contrariamente a ello, la burbuja de filtros de la que os hablaba anteriormente, provocada no solo por los algoritmos de plataformas de streaming, redes sociales y buscadores web, sino además potenciada por los mensajes polarizantes de los medios de comunicación tradicionales y algunos políticos, nos está dividiendo, distanciando, enemistando y debilitando como sociedad. O somos capaces de despojarnos de la venda con la que insidiosamente tratan de taparnos los ojos o pronto nos pondrán otra en la boca. Que no pretendan hacer pasar desigualdad por diversidad. No. Que no traten de vendernos injusticias en pos de un bien común. No. No nos callemos, defendamos la igualdad, defendamos la justicia. Igual que Chanquete cantó con Julia a bordo de La Dorada, quiero que quienes piensan igual que yo canten conmigo: «No. No. No nos moverán».

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